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Alicante, jueves 12 de febrero de 2026
Y TUVO 20 HIJOS
224 cantatas, 10 misas, 7 motetes, 2 pasiones completas,
3 oratorios, 188 corales, 4 lieder, 1 cuodlibet y 58 cantos espirituales,
494 obras instrumentales completas… Y 20 hijos. Considerado por
muchos como el más grande compositor de todos los tiempos, Johann
Sebastian Bach nació en 1685, perteneciendo a una dinastía de músicos
e intérpretes alemanes la música lo rodeó desde el principio de sus
días, pues su padre Johann Ambrosius era trompetista de la corte de
Eisenach y director de los músicos de dicha ciudad. Pero su padre murió en 1695,
ocupándose de él su hermano mayor, Johann Christoph, que era organista de la iglesia
de San Miguel en la pequeña ciudad de Ohrdruf. Bajo su dirección, el pequeño Bach
se familiarizó rápidamente con los instrumentos de teclado, el órgano y el clave, de
los que sería un consumado intérprete. Su formación culminó en el convento de San
Miguel, en Lüneburgo, donde estudió a los grandes maestros del pasado. Era en los
primeros años del siglo XVIII cuando Bach ya estaba preparado para iniciar su carrera
como compositor e intérprete. Una carrera que puede dividirse en varias etapas,
según las ciudades en las que trabajó: Arnstadt (1703-1707), Mühlhausen (1707
1708), Weimar (1708-1717), Köthen (1717-1723) y Leipzig (1723-1750).
En enero de 1703, poco después de terminar los estudios, Bach logró un puesto
como músico de la corte en la capilla del duque Juan Ernesto III, en Weimar. No está
claro cuál fue su papel allí, pero parece que incluía tareas domésticas no musicales.
Durante los siete meses de servicio en Weimar, su reputación como teclista se
extendió tanto que fue invitado a inspeccionar el flamante órgano de la iglesia de San
Bonifacio en la cercana ciudad de Arnstadt, a 40 kilómetros al sureste de Weimar, y a
dar el concierto inaugural en él. La familia Bach tenía estrechos vínculos con esta
ciudad de Turingia. Así, en agosto de 1703 aceptó el puesto de organista en dicha
iglesia, con obligaciones ligeras, un salario relativamente generoso y un buen órgano
nuevo, afinado conforme a un sistema reciente que permitía el uso de un mayor
número de teclas. En esa época, Bach estaba emprendiendo la composición
de preludios para órgano, en los que una idea musical sencilla y breve se explora en
sus consecuencias a través de todo un movimiento, aunque aún no había desarrollado
plenamente su capacidad de organización a gran escala y su técnica contrapuntística,
donde dos o más melodías interactúan simultáneamente.
En 1706 le ofrecieron un puesto como organista en la iglesia de San Blas,
en Mühlhausen, importante ciudad del norte. Y el año siguiente tomó posesión de
este puesto, con paga y condiciones significativamente superiores, incluyendo un
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buen coro. El 17 de octubre de 1707, a los cuatro meses de haber llegado a
Mühlhausen se casó, con Maria Barbara Bach, una prima suya en segundo grado, con
quien tendría siete hijos, de los cuales solo cuatro alcanzaron la edad adulta. Sin
embargo, transcurrido apenas un año abandonó su puesto en Mühlhausen, porque en
1708 le llegó una nueva oferta de trabajo como organista desde la corte ducal en
Weimar. Allí Bach tuvo la oportunidad de trabajar con un contingente grande y bien
financiado de músicos profesionales, siendo de este período la mayor parte de sus
corales, preludios, tocatas y fugas para órgano, al igual que sus primeras cantatas de
iglesia importantes.
Pero en 1717 Johann Sebastian Bach abandonó su puesto en Weimar al haber
sido nombrado maestro de capilla de la corte del príncipe Leopoldo de Anhalt, en
Köthen. Fue uno de los períodos más fértiles en la vida del compositor, durante el cual
vieron la luz algunas de sus partituras más célebres, sobre todo en el campo de la
música orquestal e instrumental: los dos conciertos para violín, los seis «Conciertos
de Brandemburgo», el primer libro de «El clave bien temperado», las seis sonatas y
partitas para violín solo y las seis suites para violoncelo solo.
El 7 de julio de 1720, mientras Bach acompañaba al príncipe Leopoldo en un
viaje, su esposa, María Barbara, murió repentinamente. Al año siguiente, conoció
a Anna Magdalena Wilcke, una talentosa soprano 16 años más joven que él, y se
casaron el 3 de diciembre de 1721. Juntos tuvieron trece hijos más, seis de los cuales
alcanzaron la edad adulta, llegando tres a ser músicos destacados: Gottfried
Heinrich, Johann Christoph Friedrich y Johann Christian.
Bach pasó los últimos veintisiete años de su vida en Leipzig, ocupando el cargo
de Kantor de la iglesia de Santo Tomás, lo que comportaba también la dirección de los
actos musicales que se celebraban en la ciudad. Durante su tiempo como Kantor
compuso más de 200 cantatas para los servicios religiosos de la ciudad. Muchas de
estas cantatas se siguen interpretando en la actualidad y se reconocen como algunas
de las obras maestras del repertorio barroco. A esta etapa pertenecen también sus
obras corales más impresionantes, como sus dos «Pasiones», el «Oratorio de
Navidad» y la monumental «Misa en si menor», considerada una de las mejores obras
corales de la historia. En los últimos años de su existencia su producción musical
descendió considerablemente debido a unas cataratas que lo dejaron prácticamente
ciego. El 28 de julio de 1750, Johann Sebastian Bach falleció a la edad de 65 años.
Historiadores modernos especulan con que la causa de su muerte fue una apoplejía,
complicada por una neumonía. Fue enterrado en el viejo cementerio de San Juan en
Leipzig. Durante casi ciento cincuenta años su tumba estuvo sin identificar hasta que,
en 1894, se encontró finalmente su ataúd y lo trasladaron a una cripta en la iglesia de
San Juan, destruida por un bombardeo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial,
por lo que los restos de Johann Sebastian Bach reposan desde 1950 en una tumba en
la iglesia de Santo Tomas de Leipzig.
Aunque tras la muerte del maestro su música, considerada demasiado
intelectual, cayó en un relativo olvido, compositores de la talla de Mozart o Beethoven siempre reconocieron su valor, porque Bach escribió en casi todos los
géneros y formas de su época, en multitud de combinaciones instrumentales y
vocales. Culminó y realizó obras destacables en todos ellos e incluso creo géneros
nuevos, como la sonata para teclado y un instrumento. La única excepción fue
la ópera, género para el cual no compuso. La obra de Johann Sebastian Bach fue
recuperada por la generación romántica, y desde entonces ocupa un puesto de
privilegio en el repertorio. La razón es sencilla: al magisterio que convierte sus
composiciones en un modelo imperecedero de perfección técnica, se une una
expresividad que las hace siempre actuales.
Juan Giner Pastor
Catedrático
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1 Y 2 DE NOVIEMBRE
El mes de noviembre comienza con dos festividades muy significativas, aunque con
diferente manifestación: la venturosa festividad del «Día de todos los Santos», el día 1, y
la «Conmemoración de los fieles difuntos», el día 2. En la primera, la liturgia se engalana
con el resplandeciente color blanco o dorado del gozo, y en la segunda el morado fúnebre
indica que es un día de oración y recuerdo mortuorio, aunque siempre iluminado por el
fulgor esperanzado de la fe.
Con la fiesta de «Todos los Santos» los cristianos recordamos que Dios nos llama a
todos a la santidad y que todos podemos ser santos si nos entregamos al bien para
convertir las cosas habituales en ofrenda de amor a Dios y por Dios, siendo asimismo
conscientes de que habremos de enfrentarnos a obstáculos tales como las pasiones
dominantes, el desánimo, el pesimismo, la rutina, las omisiones… Sin embargo, el
itinerario universal de santidad que establecen las Bienaventuranzas nos permitirá ser
conducidos por el Espíritu Santo al triunfo celestial, a transformarnos en imagen de Cristo,
nuestro Salvador. Por eso, en este día, además de dar honor a los beatos y santos que
están reconocidos públicamente en la lista de los benditos, y a los que la Iglesia dedica en
particular un día del año, se celebra también el homenaje todos los que, sin figurar en la
memoria oficial, viven ya en la presencia de Dios en su Iglesia triunfante.
El «Día de Todos los Santos» se festejaba originalmente el 13 de mayo, porque fue
ese día del año 609 cuando el papa Bonifacio IV dedicó el Panteón de Roma como iglesia
en honor a la Virgen María y a todos los mártires. El Panteón era el templo que los
romanos habían dedicado a una pluralidad de dioses. En la forma que ha llegado hasta
hoy, fue construido en tiempos del emperador Adriano, entre los años 118 y 128 de
nuestra era. Siglos más tarde, cuando el Imperio romano ya había sido evangelizado en
gran parte, el emperador Focas lo donó a la Iglesia, y el papa Bonifacio IV quiso que
custodiase los restos de millares de mártires cristianos que hasta ese momento se
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encontraban en las catacumbas, ampliando después la dedicatoria a cuantos murieron
en Santidad, fuesen o no mártires. La fecha actual del 1 de noviembre fue establecida por
el papa Gregorio III en el siglo VIII, cuando dedicó una capilla en la Basílica Vaticana de
San Pedro en honor a todos los santos. Aunque en principio esta celebración se limitaba
a Roma, más tarde, en el año 837, el papa Gregorio IV ordenó la observancia oficial del
«Día de Todos los Santos» cada 1 de noviembre y extendió su celebración a toda la Iglesia,
como un Día Santo de Obligación, lo que significa que todos los católicos deben asistir a
misa a menos que estén impedidos por enfermedad u otra dispensa adecuada. Después
de la Reforma Protestante, diversos grupos protestantes mantuvieron la celebración del
«Día de Todos los Santos», que en Estados Unidos no es festivo, mientras que en Francia,
Austria, Italia, Portugal, Bélgica, Luxemburgo, partes católicas de Alemania, Finlandia,
Eslovenia, Croacia, Hungría, Lituania y Polonia es una de sus fiestas oficiales, y la gente
tiene la jornada libre con los negocios cerrados. Sin embargo, en varios países de
Hispanoamérica más que el «Día de todos los Santos» celebran preferentemente el «Día
de los Muertos», el 2 de noviembre, que es en realidad la «Conmemoración de los fieles
difuntos», una solemnidad especial dentro del calendario eclesial de otoño, porque los
católicos recordamos con nuestra oración a tantas almas benditas que aún han de
purificarse plenamente antes de ingresar en la Presencia Santísima de Dios. Honramos a
los fieles difuntos por su fidelidad a Cristo en vida y rezamos por ellos porque se están
purificando. El papa san Juan Pablo II, en tres alocuciones acerca del Cielo, el Infierno y el
Purgatorio, explicó cómo, en esencia, esas realidades no son “lugares” que existen en el
espacio y el tiempo sino una relación del alma con Dios, que es Amor. Dios siempre ofrece
Su Amor. Nosotros podemos elegir aceptarlo de manera perfecta; o bien aceptarlo, pero
de manera imperfecta. Aunque también podemos rechazar el Amor que Dios nos ofrece.
El amor a Dios en el alma santa se experimenta como gozo, y como esperanza en las almas
que aguardan ser purificadas de sus faltas en el Purgatorio. Todo el que muere en gracia
y amistad con Dios, pero todavía está falto de una purificación perfecta, ya tiene
asegurada la salvación eterna, aunque antes de entrar en el felicidad del Cielo, debe
alcanzar la santidad necesaria a través de una purificación. La Iglesia da el nombre de
Purgatorio a esta purificación final de los elegidos. Allí reciben el consuelo de los ángeles,
los santos y las personas que rezamos por ellos en la Tierra, pues, por el sublime misterio
de la Comunión de los Santos podemos ayudarlas a purificarse con más presteza, para así
unirse a los santos del Cielo. Comunión de los Santos significa unión común con Jesucristo
de todos los santos del Cielo, de las almas del Purgatorio y de los fieles que aún
peregrinamos en la Tierra. Los del Cielo interceden por los demás; los fieles de la Tierra
honramos a los del Cielo y nos encomendamos a su intercesión, también oramos y
ofrecemos sufragios por los difuntos del Purgatorio, y estos asimismo median a favor
nuestro.
En España hay diversas costumbres asociadas a estos días. Sobre todo, visitar las
tumbas de los que nos son más cercanos, en los días próximos a la conmemoración de
todos los fieles difuntos. Vamos al cementerio, rezamos por ellos, adornamos con flores
el lugar donde están sepultados… Como el día 2 de noviembre, por lo general, es
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laborable, se suele visitar el cementerio el día anterior, coincidiendo con la solemnidad
de Todos los Santos, que es festivo y, «de precepto». Esto ha provocado que muchas
veces asociemos la visita de los cementerios con la festividad de «Todos los Santos». Pero
son dos celebraciones distintas, santificadas por la iglesia católica. Además, la visita al
cementerio entre el día 1 de 8 de noviembre lleva consigo la Indulgencia Plenaria,
confirmando la importancia de esta solemnidad, que se originó en el gran monasterio
francés de Cluny, el 2 de noviembre de 998, cuando San Odilo, su quinto abad, decidió
rezar ese día del año por el descanso de todos los finados, ricos y pobres. La iniciativa caló
profundamente en Francia, Roma la adoptó en el siglo XIV y gradualmente se expandió a
toda la Iglesia, queriendo así destacar que para los cristianos morir no es perderse en el
vacío, lejos del Creador. Es precisamente entrar en la salvación de Dios, compartir su vida
eterna, vivir transformados por su amor inmensurable.
JUAN GINER PASTOR
Catedrático
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