martes, 8 de noviembre de 2016

Felicitamos a Ivonne Sánchez Barea por la presentación del libro “El nido” de nuestra socia, en “El Atelier”

 

El Nido, de Ivonne Sánchez

 Acabado el poemario de Ivonne Sánchez, se me vienen a la cabeza dos aspectos destacables. El primero ha sido la sorpresa, el segundo la estructura. Como lector virgen, ingenuo, gocé hasta el éxtasis con determinados versos, con algunas imágenes, con ciertas palabras que están engarzadas en el texto como gemas en joya. Como lector habitual de narrativa, mucho más que de poesía, me fijé en la estructura. Porque este no es una colección de poemas, sino un libro de poemas, que es diferente. Quiero decir que no es una recogida de poemas sueltos que la autora tenía en el disco duro (las novelas o los poemas ya no se guardan en el cajón, sino en ese ente inmaterial, virtual, irreal que es el ordenador), guardados sin saber bien qué hacer con ellos, sino un libro pensado con el apoyo de un esquema y escrito para ese esquema.
La distribución en partes: Bosque, Árbol, Ramas, Hojas, Flores, Frutos, Nido y Pájaros, es toda una estructura narrativa, un proyecto llevado a buen fin. El bosque es aquello en lo cual vivimos inmersos, es el lugar de lo inaudito, de lo mágico. El árbol es símbolo de la unión de tierra y cielo. En la mitología nórdica, Iggdrasil es un árbol sagrado que soportaba el cielo. En la Cábala, el Árbol de la Vida es la disposición de los 10 sefiroth o emanaciones de Dios, y esa distribución coincide con el cuerpo de Adam Kadmón, el hombre primigenio, aquel de quien en la primera narración del Génesis se dice “hombre y mujer lo creó”.
Todo aquel que mira un árbol se mira en un espejo. Ramas, hojas, flores y frutos son la progresiva individuación del árbol. No se olvide que cuando Ivonne pasa del bosque al árbol pasa de lo común, de lo indiferenciado, a lo personal. El árbol en el bosque es el individuo en la sociedad. Y por fin, el nido, símbolo de la seguridad, de la casa, del lugar caliente donde el hijo pródigo siempre vuelve. Como remate, los pájaros, de nuevo las personas, los individuos que vuelan libres. Ese es otro símbolo: el pájaro, y lo es de la libertad, y también de la unión con Dios o con los dioses, pues él alcanza el cielo.
Ivonne, inmersa en esa estructura, habla del paisaje y de la naturaleza con la que muchas veces se identifica, coincide. Pero asimismo habla de su vida, de su infancia, ese vergel de felicidad, normalmente.
Pero vayamos a la sorpresa. El primer poema está fuera del esquema del libro. No está metido en ninguna de esas ocho partes en que se distribuyen los versos. El primer poema habla de la Tierra. La Tierra es el contenedor de todo lo que prosigue, de bosque, árbol, nidos y pájaros. Porque los pájaros, dueños del aire, también utilizan la tierra como el que sueña debe despertar de vez en cuando. En la Tierra se construyen las casas y de la tierra vivimos. Y si continuamos fijándonos bien, ese primer poema es una historia de la humanidad, historia del mito, de la escritura, de la habitación y del aprovechamiento del suelo. Esa “lunar ventana que mira al cielo” donde “se amasa el viento de lo eterno” es el rincón de los sueños y del pensamiento, es el rincón húmedo e intransferible, nuestro y nada más que nuestro. Por lo tanto, en ese primer poema se está transitando desde las tierras de labor hasta el sueño, de un plumazo y como quien no quiere la cosa. Ese es el gran complejo de inferioridad de la narrativa, de ese arte que yo intento practicar, ante la poesía: esta soluciona un tema en dos palabras y un par de imágenes. Nosotros, los narradores, necesitamos dar explicaciones por extenso, envolver al lector en anécdotas, en escenas, en personajes. La poesía seduce al lector como la buena amante lo hace con caricias y serenos besos.
Hay algo en ese primer poema que no debe escapársenos: la obsesión por la casa, por el lugar donde refugiarse del ambiente hostil de fuera. Se nos habla de muros, de paredes endebles pero paredes a la postre, se nos habla de gruta, ese símil evidente del útero materno donde uno se siente a salvo. Tal vez eso es lo que hace vibrar a la poeta y eso es lo que nos quiere transmitir. Tal vez de ahí el título: Nido.
¿Y por qué no nos vamos del primer poema al último? Empieza con una declaración de principios: “En el nido de la paloma vivo”. Las campanas, a las que se hace alusión en el verso onceno son también un lugar porque las campanas marcan sonoramente la villa, el pueblo. Debo confesar que Ivonne y yo somos vecinos. En línea recta, desde su casa a la mía, no hay más de cincuenta metros. El campanario de la parroquia da las horas y tiene la decencia de estarse callado en horario de sueño, marcándolas solo desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche. Esas campanadas, que de vez en cuando llaman a misa y otras a muertos, son los hitos de nuestro tiempo y nos demuestran que estamos en casa. Casa. Nido. Ese es el quid de la cuestión. Pero acaso los más significativos sean los dos últimos versos de ese poema que cierra el libro: “Viven mis pájaros/ sobre el mástil del molino”. El mástil del molino es aquello que lo sostiene, aquello que lo mantiene erecto. Porque evidentemente, Ivonne nos está hablando de un molino de viento. Cercano al mástil está el eje del molino que permite la transmisión del movimiento de las aspas hasta la rueda. Todo habla del centro y de lo derecho, de lo enhiesto. Y volvemos a la seguridad porque ese mástil se encarga de impedir que todo el ingenio se venga abajo, caiga sobre nuestras cabezas. Es lo que salvaguarda a los pájaros, es decir a nosotros mismos.
Y me dejo algo en el tintero, aunque lo apunté al principio: la sorpresa. Pero verán ustedes, si un familiar querido les va a hacer un regalo-sorpresa para una festividad, y les dice en qué consiste, se acabó la sorpresa, ¿no? Por eso yo no voy a desvelar regalos. Búsquenlos ustedes, lean este libro como quien se come un helado feo de grande y gustoso como el placer más notorio. Se les garantiza la delicia. Y si no, les devolvemos los dineros. Gracias.

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